Poder Prohibido Cap. 10

Skavens avanzan

Srat pasó ante sus subordinados como una exhalación. El verde fulgurante de sus ojos, causado por el consumo de piedra disforme, destilaba ira y cuando estaba así era mejor no interponerse en su camino si uno quería superar la edad promedio skaven.

Había sobrevivido por los pelos, tenía irritado el excretor de almizcle y las ropas le incomodaban. ¿Quién le habría traicionado? Los exploradores sólo habían encontrado el rastro de las cosas verdes pequeñas, ¡era imposible que aquellas ruidosas y enormes cosas verdes, con sus rugientes cosas peludas dentudas, hubieran sido pasadas por alto! Tendría que interrogar al jefe de la expedición.

Aunque claro, había que tener en consideración la falta de interés de las cosas no muertas y sus tropas por parar a la horda orca, causando que les pudieran sobrepasar por el flanco. Sus alimañas habían acabado con tropas numéricamente superiores, demostrando la grandeza de las fuerzas bajo su mando y su incuestionable capacidad táctica. Los stormfiend, por el contrario, habían demostrado su ineficacia. Tendría que hablar también con el criador, estaba claro que los había sacado de la tinaja antes de tiempo.

Por fin llegó a sus estancias. En el interior el servicial Qielk se dio prisa por empezar a desvestirle y quitarle la armadura. Captó una arruga de disgusto en el morro negro de su ayuda de cámara al oler el almizcle. ¿Le había enseñado los dientes? No podía ser que un esclavo estuviera forjando el valor suficiente como para atreverse a ello, aunque no era menos cierto que bajo su cuidado había crecido: le alimentaba demasiado bien. Tendría que volver a reducir a la mitad su ración, un esclavo fuerte podía ser una daga en el costado en un momento de vulnerabilidad.

Una vez frente a su mesa apartó los planos de los ingenios mecánicos en los que estaba trabajando, haciendo sitio para depositar lo único bueno que había sacado de aquella expedición. Antes de desenvolverlo del trozo de piel en el que lo había guardado, extendió su garra, Quielk interpretó bien su gesto y le sirvió una copa de sangre, mantenía el hocico bajo, aunque había captado un brillo en sus ojos que no le había gustado lo más mínimo. Estaba claro que debería reducir su ración a un tercio de la actual.

– Puedes retirarte-irte, Quielk. Busca-encuentra al jefe de criado Khaxren y al jefe de exploradores Qrit. Quiero verles pronto-rápido.

Quielk volvió a agachar el hocico y se retiró.

Mientras aliñaba la sangre con una gran cantidad de polvo de piedra disforme, siguió repasando la derrota. La presencia de aquellos enormes murciélagos le había parecido un buen augurio, pero su ineficacia a la hora de acabar con el líder del grupo de cosas verdes pequeñas le hacía pensar que realmente las cosas no muertas eran quienes habían consumado la traición, después de todo sus tropas engrosarían sólo con levantar los muertos en combate. Mientras que el resto de contendientes habían salido debilitados. Era imposible que aquellas bestias, creadas para matar en combate, no hubieran conseguido acabar con el alocado mago de las cosas verdes pequeñas, mientras que a él le habían bastado con un par de golpes para reducirle. Aunque Srat tenía claro que como miembro de la raza superior estaba destinado a cosas grandes, era consciente de que su fuerza se basaba en el dominio de las corrientes mágicas, no en el combate físico. Por eso no podía creerse que la supervivencia del mago loco no fuera un acto traicionero.

Dejó a un lado la copa vacía, su cuerpo lleno de fuerza, los vientos de la magia más accesibles que antes gracias a la piedra disforme. Enseñó los dientes, su rabia crecía y ya que, por el momento, no era posible vengarse en las cosas no muertas, deberían pagar alguno de sus subordinados. Dar ejemplo, no podía demostrar debilidad.

Acarició el envoltorio de piel. Lo desenrolló y contempló el metal y sus runas. Había magia durmiendo en aquella arma. La olfateó. Olía a muerte. Acercó su lengua y tocó con ella el arma. A pesar de haber estado enterrada el metálico sabor de sangre añeja inundó sus papilas. Sonrío. No sabía manejar espadas, el prefería usar el bastón en honor a la gran Rata Cornuda, aunque había estado trabajando en el diseño de un brazalete con tres garras que podría usar como una extensión de su propio brazo, potenciando el golpe con su magia. Si lo forjaba a partir de aquel metal y le incluía las runas podría convertirse en un arma devastadora. Tendría que estudiar la forma de hacerlo sin que perdiese su poder.

Volvió a envolverlo.

La puerta de sus aposentos se abrió de golpe, tuvo que reprimir la necesidad de secretar almizcle, sus ojos refulgieron y en su mano se concentró poder en estado puro.

– Mi señor Srat, su humilde servidor, ha obedecido sus geniales órdenes, sus acólitos-subordinados están reunidos.

Al fin, ahí tenía la manera de deshacerse de dos problemas. Ya no tendría que reducir la ración de Quielk y podría dar ejemplo a todos.

Al parecer, su esclavo se había dado cuenta de su error, al ver la mirada que le lanzaba su superior desde la posición de defensa que había tomado sobre la silla. Sacó un arma de su raída túnica, chirrió los dientes de forma amenazadora y alzando la cabeza hasta casi romperse el cuello se abalanzó sobre el archibrujo. Al otro lado de la puerta, Khraxen y Qurit reprimieron la sorpresa y empezaron a ver la oportunidad de medrar en el escalafón si Quielk tenía éxito. Después de todo, era un esclavo mal alimentado y ellos skaven fuertes y bien cuidados, con cierto poder entre las tropas. Ambos se miraron y vieron en los ojos del otro la traición. Chirriaron dientes.

Pronto se les acabaron las esperanzas, el salto de Quielk se vió frenado en el aire por un rayo mágico. El oscuro skaven cayó al suelo, el olor a carne quemada llegó al morro de los dos lugartenientes a la vez que los gritos de dolor lo hicieron a sus afinados oídos.

Srat se separaba lentamente de la silla, su mano aún llena de poder verde luminiscente, una sonrisa peligrosa en sus labios, el morro bien alto. Khraxen y Quirit se dieron cuenta en ese momento de que el poderoso brujo tenía los ojos clavados en ellos, retrocedieron un par de pasos mientras ambos secretaban el almizcle del miedo. Agacharon lo máximo que pudieron el hocico.

– Así que mi cosa esclava se cree capacitada para traicionarme. ¿Pensáis que soy débil-flojo?

La pregunta fue amplificada por el poder almacenado, todos los que la oyeron agacharon la cabeza. La sonrisa de Srat se amplificó. Con la mano en la que almacenaba el poder mágico agarró del cuello al lloriqueante Quielk. Lo levantó con facilidad mientras clavaba sus garras en él. La sangre le resbaló por el pelaje del brazo.

– Hoy hemos perdido tres buenos stormfiends, necesitaremos nuevos cerebros para criar más -Khraxen y Qurit se percataron del enfásis que había hecho sobre el número tres, secretaron más almizcle. El archibrujo captó el olor-. La traición de las cosas no muertas nos ha privado de ellos, pero aquí la cosa traicionera Quielk acaba de ofrecerse voluntario para ayudarnos a paliar la pérdida.

Su garra crepitó. El grito de dolor se oyó en todo el complejo Skrye y provocó que casi todas las tropas secretaran almizcle. El poder comenzó a abrirse a través de la piel del esclavo, en forma de verdes llamas que iluminaban el enloquecido rostro de Srat. Las cuencas de los ojos del moribundo Quielk comenzaron a llorar una sustancia gelatinosa mientras sus globos se fundían. Tras unos aterradores minutos, la garra del brujo sólo sostuvo una columna vertebral y un cerebro unido a ella. Se acercó a Khraxen.

– En unos días iré a inspeccionar un lugar de poder, para mayor gloria de la Gran Rata Cornuda, espero-quiero tener nuevos stormfiends, más competentes-capaces que estos últimos. Aquí tienes material para que empieces a trabajar – sin dejarle replicar giró sobre sus talones, con el brazo aún extendido ofreciendo el cerebro y la columna, y miró a Qurit-. Tus últimos informes de inteligencia fueron deficientes-ineficaces, pasa a mis estancias te voy a dar una localización y espero un informe mejor, otra derrota por falta de información supondrá tu muerte-extinción. ¿Entendido?

Ambos asintieron.

Srat volvía a ser feliz. Era un brujo muy poderoso, lo sabía, y si todo salía como pretendía podría competir por un puesto mejor. Sabía que el favor de la Gran Rata Cornuda estaba con él y que ni siquiera un vidente gris podría equiparse a él, si las corrientes de magia no le mentían.

Todo iba a salir bien. Srat Garrasangrienta estaba destinado a la grandeza.

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